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Relato:

nombreArte(Cuento colaborativo)

La parte de Ricardo Liévano*

Apareció Lucifer en una esquina de este popular barrio de la ciudad. Aprovechando la oscuridad que le ofrecía la perenne mala iluminación del sector, había decidido ir en su traje habitual, es decir, con sus rojas e incandescentes carnes al aire que despedían un insoportable olor a azufre, su colonia natural. Estaba cansado de disfrazarse de mendigo o niña huérfana o mujer bonita y deseaba presentarse esta vez en su forma natural -la que la ficción humana le había fabricado-. Su objetivo esta noche era el de llevarse por lo menos tres almas para los infiernos, pues su cuota de capturas había desmejorado bastante debido a la Semana Santa que acababa de pasar; en donde meramente había podido reclutar a una pareja de infelices glotones que habían pe-cado severamente y que ya no tenían salvación alguna; sería tan aberrante su desliz.
Antes de salir del Averno y un tanto desesperado, había decidido elaborar una pequeña lista de candidatos, que por coincidencia vivían en esta misma área de la ciudad en donde se mezclaban armoniosamente cualquier tipo de gentes que incluía pecadores de toda clase, desde el humilde ladronzuelo del supermercado, o los atracadores habituales que esperaban a sus víctimas en las estrechas calles cerca a los cajeros automáticos, como también los reconocidos agiotistas que vivían a costa de prestar desconocidas cantidades de dinero a desconocidos intereses usureros.

Eran casi las doce de la noche cuando para su suerte, Lucifer se encontró con que los tres aspirantes, que figuraban en su lista, aparecieron al mismo tiempo pues acababan de salir de una ruidosa fiesta a la vuelta de la esquina. (continúa abajo)

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Planeta X NombreArte

Sin saberlo de antemano, se dio cuenta de que sus víctimas en cierne eran entrañables amigos entre sí y que venían completamente ebrios, cantando rancheras a todo pulmón y vociferando palabrotas de grueso calibre.

Al verlo solapado tras un bote inmenso de basura que adornaba lánguidamente la entrada de la librería, los tres se detuvieron con un poco de susto, no sin antes proferir al unísono una sonora blasfemia, que el diablo percibió con evidente júbilo…

(El final, según Rosa Darelli)

“-¡Hola queridos muchachos!” balbuceó en forma jovial Lucifer mientras salía completamente de su escondite y enfrentaba decididamente a los tres hombres que en este momento comenzaron aparentemente a palidecer y titubear al entender claramente la situación en que se encontraban. “Este… ¿sabéis quién soy?… ¿a que no adivináis?... pero no importa, ahora chavales… os traigo una invitación para que me acompañéis a un gran asado… que estamos preparando en casa, ¡sois todos bienvenidos! Con mucho gusto…”, agregó la demoníaca figura, mientras se lamía los labios lascivamente y alistaba su afilado tridente.

“-Perdóneme… ¿invitación a qué?”, argumentó el menos ebrio del grupo, mientras sacaba de su bolsillo una reluciente pistola con la que inmediatamente apuntó a Lucifer, quien al encontrarse con tamaña sorpresa gruñó amenazante, replegándose contra la pared más cercana que encontró.

“-Es que… no entendéis, he venido por vosotros; vuestra alma pecadora ahora me pertenece…”, argumentó sin mucha convicción.

Antes de continuar con el discurso que les tenía preparado, el de la pistola ya había disparado certero tiro a una de las patas de la bestia que se derrumbó gimiendo de dolor.

“-¡Caray! que estaremos borrachos, pero aún seguimos siendo policías…”, dijeron al tiempo los otros dos mientras se apresuraban a esposar fuertemente al pobre Lucifer que aún no salía del asombro.

“-Mala suerte don Sata… de acuerdo con el código de convivencia ciudadana, vas preso por exponerte desnudo en este barrio de inocentes, además hueles demasiado a azufre…”, argumentó el del arma mientras la guardaba, después del deber cumplido.

(El final, según Augusto Salazar)

“-¡Caray!”, gaguearon los tres desdichados al tiempo que sus respectivas diestras intentaron hacer un signo sagrado en sus frentes, con tan mala suerte que solo el dedo del corazón se les quedó tieso, erecto, mientras los otros cuatro de la misma mano se recogían como si enfrentasen un repentino ataque de artritis… “¡Lo sabía!” dijo el Diablo. “Sólo a los individuos que se la pasan operando el mouse del PC perdiendo el tiempo, se les enredan los dedos…, vaya que los tengo bien adiestrados, ¿eh? Es tiempo de irnos, hijos míos…”, agregó, mientras alistaba el reluciente tridente.

*Licardo Liévano, colombiano
Sydney, junio 2011