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Relato:

http://t1.gstatic.com/images?q=tbn:6tydGU2JIOMbrM:http://static.desktopnexus.com/wallpapers/18574-bigthumbnail.jpgEmilia y Engracia*
Dedicado a Paul Tibbets, piloto del Enola Gay
(el bombardero norteamericano desde el cual se lanzó aquella infamia sobre Hiroshima).

Emilia y Engracia acababan de asomarse a la calle pues habían decidido de común acuerdo salir a buscar algo para comer, cuando sintieron al unísono el inconfundible ronroneo de por lo menos tres B29 que merodeaban sobre las pesadas nubes que a esta hora ensombrecian un poco la ciudad. Existía intención de lluvia y según el reporte de la radio, habrían tormentas por los tres próximos días, de acuerdo al vaticinio.
Habían pasado unos minutos despues de las ocho de la mañana de este lúnes y la calle aún no se encontraba lo suficientemente transitada como para que no les permitiera cruzar con seguridad hasta el otro lado donde se encontraba la olorosa panadería, sitio que ellas frecuentaban con regularidad. Antes de llegar a la orilla contraria Emilia se percató de que había olvidado algo en casa y sin mayor explicación se dió vuelta para regresar. Cuando dió el primer paso en su propósito, sintió cómo la detenía uno de los poderosos brazos de su compañera. “Espera, que siento algo” -le díjo Engracia con un poco de temor-.
Y se sintió algo: Frente a sus ojos el mundo se empezó a derretir. Vieron pasar perros y gatos en llamas. Tambien un caballo que no tuvo tiempo para escapar. Los que podían corrían acosados por el calor volcánico que se había desatado. Algúnos transeuntes se arrodillaban e imploraban al oscuro cielo perdón por sus culpas. Ante semejante hecatombe Emilia y Engracia perdieron toda noción del tiempo. No supieron con certeza cuánto duró el maremágnum, pero cuando reaccionaron entendieron que algo grave había sucedido.
“Qué suerte que aún estemos vivas” -advirtió Emilia- “Si, qué suerte” -replicó con mucho alivio Engracia mientras revisaba con cautela una de sus chamuscadas alas-. “Esa es la suerte que tenemos de ser solo cucarachas”-complementó con un poco de sarcasmo mirando hacia la panadería, que ya no existía más-.
©Ricardo Liévano C.
Sydney , 2007

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