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Cuentos y Relatos:

Nuestro Reloj
“Un hombre con un reloj sabe qué hora es;
un hombre con dos relojes, núnca estará tan seguro”
Lee Segall.

TEXTOEn casa había un reloj de cuerda, muy viejo y sin manecillas, bastante oxidado por el paso de los años; sin embargo andaba y ése era tal vez el único atributo que le quedaba, por éso núnca fué a parar a la basura. El aparato aquel había sido heredado por el abuelo y desde que me acuerdo, siempre estaba puesto en nuestra sala, en algúna estantería mostrando su pátina desafiante. Parecía más bien un trofeo anacrónico de otro siglo que se quería resistir al paso del tiempo en una retadora lucha que día a día parecía ganar. Lo sabíamos porque tenía un tic-tac alegre, como de cosa nueva, como si en realidad el tiempo físico no le recibiera de frente si no de soslayo, como si su mecanismo no estuviera sujeto a las irremediables leyes naturales sino a otras, las creadas para objetos o seres especiales. Por no tener manecillas era un reloj que tenía la hora pero no la mostraba,  la escondía para sí mismo, por éso no me gustaba. Me molestaba enormemente su inutilidad y el saber que se guardaba  secretos y que en realidad, la única función útil que podía tener  -que era muy simple-  no la cumplía. No soportaba semejante contradicción de la lógica. Núnca me gustó ésa irreverencia. Ante los ojos de todos, nadie en particular se preocupó núnca por mirarlo con atención, mucho menos de mantenerlo; así que no se puede afirmar abiertamente cómo era que su mecanismo deambulaba sin parar. Parece ser que secretamente y por turnos, cada uno de los miembros de la familia -no me incluyo entre ellos- le daban cuerda para mantener vivo el misterio de su funcionamiento, que según Mamá, cuando se lo decía a sus amigas ya parecía una “Obra del espritu santo” . Todos participaban subrepticiamente en este juego en donde los coactuantes se prestaban irremediablemente a jugar creyendo ingenuamente -cada cual- que era el único quien lo hacía. A pesar de todo y el hecho de ser prácticamente inservible, había arrumado el reloj a su propio destino.

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Algúnos de quienes nos visitaban, nos criticaban por conservar semejante vejestorio que como un milagro del tiempo aún se aferraba a nosotros con su andar puntual, aunque no lo viéramos. Era como un ser inválido, al que todos compadecían pero que nadie se atrevería a desechar por pura lástima. A quien preguntaba se le respondía rampantemente: “Cosas del abuelo” y ello era suficiente para espantar más interrogatorios.

En las diferentes ocasiones en que nos movimos de casa, nuestro reloj “Mañana” -el nombre que mi hermana le había puesto- usualmente encabezaba el trasteo; núnca fué dejado atrás, siempre había una mano caritativa -si era el caso de un descuidado olvido- que en el último momento lo rescataba de la pila de cosas para tirar. La única persona que algúna vez supo el porqué de su estado “desmanillado” fué el abuelo Agustín, pero el hombre se murió sin contar la historia. Yo creo que él tampoco lo sabía a ciencia cierta, además de que con el paso de los años y su paulatina pérdida de la memoria y conciencia los detalles de lo que en realidad había pasado con el reloj se le fueron enredando en la cabeza, pero hasta último momento nos hizo creer que había una historia fantástica detrás del desafortunado marcador sin brazos. A lo mejor sí tuvo una célebre historia, un pasado digno de recontar, una epopeya o qué se yo, pero ya era muy tarde para averiguarlo y no quedarían más testigos con la muerte del abuelo, que en su testamento había agregado una nota especial para que el aparato no fuera tirado después de él “Pasar al otro lado”,-como  jocosamente lo decía- ya que en adelante quedaría bajo mi responsabilidad. Esa fué la única parte de la herencia que a mí me tocó de don Agustín: Un reloj sin manillas llamado “Mañana” y mejor aún; sin una historia verosímil para contar de él.
A excepción de una sola vez, núnca escuché a ningún miembro de la familia  hablar de enviar a reparar el aparato. Intrínsecamente la palabra estaba vedada de nuestro vocabulario cuando nos referíamos a él. El abuelo se negó siempre con su tozudés -a prueba de todo- a hablar del tema, váyase a saber porqué y creo que el primer ataque de apoplejía que sufrió se originó precisamente el día que Mamá muy oronda anunció que había llevado el reloj a reparar a un nuevo taller de  relojería que avisaban en un comercial de la radio «Con técnicos graduados en Suiza». Estabamos cenando en honor al cumpleaños de Papá cuando la vieja soltó sin mayor mediatura “Llevé ésa fruslería a reparar, a ver si sirve para algo”. Sin mencionar exáctamente a qué “fruslería” se refería, de inmediato todos caimos en cuenta de la imprudencia cometida. El abuelo, antes de caer pesadamente al piso del comedor, atinó a balbucear un sonoro “mierdacarajo”. Afortunadamente y debido a su fortaleza se recuperó de semejante síncope despues de pasar una temporada en el hospital de veteranos. Obviamente el reloj no fué reparado ni el tema vuelto a tocar en o sin la presencia de don Agustín.
Una vez, los ladrones se lo  llevaron por error pues en la oscuridad  no se fijaron en su invalidéz  y se convencieron de que trabajaba por el ruidito que comunmente hacen los relojes. Así que lo vieron como una antiguedad -que en realidad era- por la que tal vez les darían algo de dinero en el mercado de las pulgas.
El hecho es que sin esperarlo, un buen día -como seis meses después del robo- recibimos un paquete mal envuelto que alguien había deslizado a la entrada del zaguán de la casa y que contenía nuestro ínclito reloj, intacto y todavía haciendo su persistente ruido. Nadie lo esperaba, incluso tuvimos un poco de temor al abrir el envoltorio en donde venía, pues más bien parecía una bomba por el sospechoso tit-tac que hacía. ¡Nos lo estaban devolviendo!. Siempre se tuvieron dudas sobre quién o quienes estaban tras aquella patraña pero en casa hubo mucha alegría ésa tarde de la devolución; incluso nuestro padre abrió unas botellas de cerveza para celebrar el re-encuentro.
  De lo que núnca se comentó, fué de la pequeña nota escrita a mano con rasgos bastantes burdos que acompañaba el paquete y que alguien, seguramente muy enojado había garrapateado: “¿Para qué carajos les sirve esta vaina?”

©Ricardo Liévano
(Tercer Premio Concurso Literario
“Grupo Palabras”, Sydney, Australia,\
Abril 2010)